Testimonio de Alvaro Góngora

Nací en un hogar sencillo, de provincia. A pesar de ser pobres sentía que llevábamos una vida normal, pero esta situación no duró mucho. Mi mamá era maltratada por mi padre hasta que un día decidió abandonarlo y me llevó con ella en su huida. Nuestra situación fue más difícil desde entonces pues tuvimos que pasar duros trabajos para poder salir adelante. Mis vínculos familiares eran cada vez más débiles pues mi madre trabajaba todo el día y casi nunca la veía o ella no tenía tiempo para mí. El amor familiar fue cambiado por un plato de comida y un techo para dormir.

Yo crecía en este distanciamiento emocional con una profunda necesidad del amor, la aceptación y la protección de un padre que nunca estuvo presente. En cambio, en mi interior se afianzaron la inseguridad, falta de sentido de pertenencia y rechazo que hicieron más difícil mi vida. Además, desde pequeño otros niños me empezaron a poner sobrenombres y a burlarse de mí, me llamaban nena, débil, mariquita, afeminado. Yo me sentía aislado y excluido de ellos, y no encontraba la oportunidad para jugar con ellos, compartir sus actividades y demostrar que era un niño (varón). En cambio, en los grupos de niñas encontré aceptación y ellas me dieron la bienvenida en sus juegos. Veía a las mujeres cuidadoras y compasivas; era más fácil estar al lado de ellas.

El resultado de todo esto fue un inconsciente rechazo a mi hombría, acentuado por el hecho de no haber tenido ninguna clase de afirmación masculina positiva (imagen paterna). A todas estas experiencias se sumó el abuso. Ya a la edad de 10 años había sido abusado sexual, física y verbalmente, sintiendo mucho temor, enojo, amargura, depresión, soledad, aislamiento y envidia. No entendía porque yo, siendo sólo un niño, pasaba por todo este caos. Esto creo en mí, una gran confusión de identidad en mis relaciones con otros, incluyendo mi familia.

Muy pronto la necesidad de ser aceptado por otras personas de mí mismo sexo se comenzó a erotizar. Era algo inocente e involuntario, pero muy poderoso. Mi vida se complicó aún más cuando, abriendo una puerta a la curiosidad, caí en las garras de la pornografía y el voyerismo. Poco después descubrí una fuente de seguridad en mí mismo y de aceptación al vestirme de mujer. Invertí mucho tiempo y dinero vistiéndome y actuando como mujer, llevando una vida totalmente fuera de control; pero en el fondo estaba tratando de encontrarme, de ser aceptado y sobre todo de sentirme verdaderamente amado.

El dolor, la soledad y la desesperanza inundaban mi vida, pero yo trataba de ahogar estos sentimientos con el alivio temporal que me proporcionaba el placer sexual, aunque después siempre sentía mucho peor, como un criminal social.

Siempre tenía que estar haciendo algo para obtener amor. Me esforzaba para ser un buen bailarín, y cada vez asumía más riesgos en mi búsqueda de amor y aceptación, no importaba lo que fuera: droga, robos, mentiras, locuras y desenfreno juvenil. Pero con todo esto sólo logré empeorar mi situación y esclavizarme más a los placeres paganos. Desarrollé una incapacidad para confiar en los demás, y la ansiedad y la vergüenza eran el pan de cada día. Cada vez estaba más rebelde y confundido, ya no sabía quién era ni para donde iba, todo me daba lo mismo, vivía sin propósito. La tristeza me consumía y al no ver ningún futuro prefería vivir la vida loca y encontrar algo que aliviara mi dolor.

Pero una cruel realidad estaba ante mis ojos: mis "amigos" empezaron a enfermar y a morir de sida. Sentí una confusión terrible y espantosa, y esto me llevó a una crisis donde pude conocer la luz del evangelio de Jesucristo, el cual trajo esperanza y vida a mi desolación.

Hoy después de 18 años puedo compartir con otros acerca del dolor, pero también de la esperanza. Los que han sido abusados como yo han pasado por difíciles momentos de soledad y tristeza, pero hoy podemos gritar a los cuatro vientos AÚN HAY ESPERANZA EN CRISTO JESÚS.

No me convertí en homosexual de un momento a otro. Puedo decir que el comportamiento homosexual es el resultado de un niño herido que vive dentro de cada persona que lucha con esta inclinación, tratando de llenar necesidades normales tales como el amor, aceptación y afirmación a través de una actividad sexual con personas del mismo sexo. Allí nace o se desarrolla un estado vulnerable, el cual es aprovechado por el príncipe de las tinieblas, y usa a todas aquellas personas que, sin una conciencia clara, dañan preciosas vidas, dejando una herida profunda en el corazón.

Mi restauración tampoco ocurrió de inmediato. Ha sido resultado recibir diariamente, minuto a minuto el amor de Jesús, escuchar Sus palabras de amor, hacer Su voluntad y seguir Sus pasos. Y este proceso es posible cuando contamos con: una iglesia llena de gracia y de verdad; un grupo de apoyo o soporte donde podamos expresar nuestras necesidades, luchas y pecados; una persona cristiana y madura que nos escuche para rendir cuentas y nos anime en nuestro proceso de sanidad. No estás solo en tu lucha, ¡Dios quiere restaurarte!